Si hubiera habido aunque sea una sola vez que se era, el mundo rodaría hacia otra parte.
lunes, 30 de enero de 2012
Para siempre
Me di cuenta de que éramos un par de extraños. Ella tocaba mi mano con un movimiento nervioso de paloma de plaza entre mis nudillos, apretando los dedos como señalando un punto, una postura, una indiscutible falsedad. Yo le miraba hacer, sintiendo un cierto enojo bullir desde muy adentro, después de la respiración y la sensación de hormigueo del deseo frustrado por la conversación insulsa. El pelo se le agitaba envolviéndole el rostro con gestos de viento o de agitada confirmación. Le miré los ojos, de pronto esquivos, de pronto más negros que de costumbre. Me dio vértigo.
- Creo saber lo que te pasa- le dije, en el tono más mesurado que tengo.
-Ah, si? – me retó, como siempre – a ver, dimelo tú, entonces
- Que ya no me quieres -
La risa se le interrumpió cuando se percató del tono de la frase. No había reproche alguno. Lo sé porque yo la dije y la dije así como si dijera que las mujeres tienen una parte de luna y dos más de sol por cada parte. Lo dije como si supiera que no había dicho nada más cierto en mucho tiempo. Vi alejarse la frase en su expresión, pero antes de procesarla se le desvió hacia el corazón, ese corazón que las mujeres tienen en el bajo vientre, lejos del sexo y cerca del alma y el ego. Por supuesto que no le gustó. No le gustó nada.
- No empieces – respondió, sin el brillo irascible que le antecede la impaciencia.- No es eso lo que tengo -
Pero lo decía bajito, como convenciéndose antes de decirlo, como repasando el lomo de cada palabra antes de dejarla ir hacia mí pero no conmigo. No se me acercaba ni para mentirse o mentirme.
- He pensado mucho…….y si, aunque lo dudes – Ya estaba otra vez ella contrincante y yo, medio cansado, mejor no dije nada- He pensado que ..bueno…hay algo que no nos deja estar. Como si tú no estuvieras nunca a gusto. Y también sé que te aburro, porque me oyes hablar pero no me escuchas-
Ahí menos dije nada. La seguí mirando, sabiendo que la incomodaría, y haría su mohín de niña viciada o mimada o dejada. Le quise encontrar el encanto y este se me perdió entre el laberinto de recuerdos que se ajustaban bien al momento. Las conversaciones alrededor, los letreros de lo fantástico “sanitarios, ellos, ellas, bienvenido” , las horas que se guardaban entre los pleigues de las cortinas inútiles con tanta inmensidad de luz. Ella volvió al intento de sonreír, asintiendo ante la certeza de que nunca la escuchaba.
- Ya ves?, estás ido – Sorbió algo del refresco, o del café, (ni sé lo que había pedido) y echó un poco los hombros hacia atrás, despejando el espacio para los senos y los sentidos todos que siempre me ha despertado. Quise darle un abrazo, y ese querer se me notó, porque volvió a la trinchera de la mano, mi mano, la que a veces no reconozco. Se sintió otra vez en casa; deseada; reconocida -Claro que te quiero, aunque seas un tonto y no me prestes atención-
Ahí supe que la había leído. Una y otra vez había leído esa novela de lugares comunes, efluvios ciegos, drama, risa, hastío y escarnio. Supe que me llevaría a la siguiente estación o capítulo o punto y coma y adelante con la trama. Supe hasta lo que me diría después. Me ví desde afuera, como un bobo espectador que literalmente deja la boca abierta, en plena desconexión del cerebro, del abandono de clases. Hice la cuenta. Ella no tendría que pagar mucho por un par de bebidas. En un salto, la calle estaría cercana, al alcance de los ojos, las piernas, la desfachatez del que abandona. La vida se me vendría encima girando sobre avenidas, trabajo, oficinas, aviones, cabrones, bancos, impuestos, tragos y mujeres chachachá. Vi la libertad ignota. Casi sentí la fé. Pero entonces vi mi reflejo en una de las ventanas: una silueta doblada hacia ella, disimulando el miedo a la soledad que me azota desde siempre montado en cuclillas sobre mi espalda. Supe que éramos extraños y en eso sí muy parejos. Y sin embargo, me sorprendió su intensa desilusión, su casi palpable desesperanza mientras abandonaba mi mano y yo me acercaba musitando, con un tono medido, sin que sonara muy bajito:
- Yo también te quiero -
R.A. Simental
Nov 2011
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