El recinto es inmenso, con la inmensidad del término en su cabal significancia. Sin muros, sin estantes, sin letreros de silencio, se perciben sus límites por la sensación de estar dentro, únicamente. Los libros no existen, o al menos no en el sentido en que los conocemos. Existen sus lecturas, y con ellas, las partes que innumerables lectores han dejado tras de sí. Cada libro es el compendio de las ideas, imágenes, sensaciones, sentimientos y reacciones de sus lectores. Las elucubraciones y los razonamientos producto de la escritura se guardan aparte, debido a la peligrosidad infecciosa de muchos de ellos. La función principal de la bibliteca es la de mostrar los efectos de la imaginación febril de ciertas mentes, salidas de los umbrales de lo mortal y cuya contención es vital para lo inmortal, que no vive sin ellas pero no persiste si se les deja invadir los ámbitos de lo ignoto a tontas y a locas, como comunmente hacemos, con esa primicia de la prueba y error y de atreverse a cualquier teoría. La biblioteca tiene todos los siglos de palabras, nociones, abstracciones, pensamientos, regresiones por los que ha pasado la mente colectiva. Ha perdido los nombres, porque todos piensan en primera persona y no hay pensamientos que inicien con un testimonio de Yo, fulano de tal….. por lo que esta interminable (más correcto que infinita) zona de lecturas no tiene referencias individuales ni clasificaciones elaboradas que tan bien les funcionan a las bibliotecas mortales. Este anonimato masivo, como debe sonar el pensamiento humano a los oídos de Dios, sirve para eliminar búsquedas, selecciones o restricciones. Todos pueden acceder a las lecturas que quieran y lo único que no está permitido es dejar ninguna para despúes. La biblioteca es ciertamente interminable, pero el tiempo de las lecturas no lo es. Cuando el tiempo se agote, antes de que vuelva a iniciar, la versión única y final del todo se develará y la verdad será dicha, que no escrita, abatiendo para siempre el libre albedrío. Inevitablemente entonces, la biblioteca se convertirá en un museo y todo lo que está ahí dentro quedará en la imagen de lo que fue. Nadie lo sabrá nunca, pero el bibliotecario, ya para entonces, se habrá desvanecido entre los pliegues de otra realidad.
Ricardo A. Simental
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