El agua rebosa desde el vaso apoyado contra el grifo. Se derrama sobre cristal, falanges, uñas, palma rosada elevada sobre las sobras. Corre por el brazo, siguiendo la línea de la parte inferior, un tanto flácida. Gotea desde el codo, con gotas aceleradas que pronto se convierten en un pequeño chorro. El espejo de media cerámica del piso cambia su tono a medida que se extiende la pequeña inundación, rodeando los pies desnudos, donde se repiten los dedos, las uñas y las plantas menos rosadas, las venas de la piel que corren hacia arriba, hacia las piernas separadas, que dejan inerme al aire y a las tentaciones el nido de sueños que desde entonces se encuentra vacío.
Un camión de servicio grita usando chofer y garrotero mientras las sirenas suenan a todo volumen, y sus oídos se cierran a todo menos al silbido de alguien que camina fuera de horas de escuela y trabajo pero llenas de ocio. Arriba, en la habitación incompartida, se revuelven los fantasmas de un sueño que debió tener otro final, forzándose a partir después de una noche de insomnio.
Las sábanas han sido apartadas con fuerza, despeñándose sobre las baldosas blancas o casi, formando una caída de tela como espuma, ocultando las ropas abandonadas sin cuidado por la premura del deseo y la ebullición de la sangre. El calzado ha llegado hasta ahí dejando su rastro por estancia y corredores, escaleras y habitación. Totalmente olvidado, se queda dentro de su postura grotesca, para siempre separado de sus pares.
Suena el reloj con una aguja enorme moviéndose indiferente al tiempo, obedeciendo a un engrane que es el último de una serie de engranes y le tiene atrapada señalando espacios disparejos. Abajo, el grifo se ha cerrado, finalmente, pero el agua sigue corriendo por efecto de un ligero declive que ahora le sirve a la cocina, al lugar donde ella se ha quedado sin mirar pero viendo la vida de allá afuera, pensando que en ese momento él debería estar en la oficina, en mangas de camisa, dando instrucciones o hablando por teléfono o enviando mails o mirando a la secretaria o las esposas de los clientes o las aspirantes que siempre le rondan, pero quizá le estaría hablando a ella, eligiendo el sitio y la hora. Se imagina lo que él imaginaba anticipando su placer, que es lo único que le importaba y mira en el recuerdo de anoche esa frente que se le perlaba de sudor en la agitación del amor pero sin dejar de estar llena, ella lo sabe bien, de las imágenes de la otra y la otra y la otra, y entre ellas ella, un tanto a fuerzas, un tanto a costumbre, un tanto a conveniencia.
El agua ha llegado a la puerta y se desliza hacia el pasillo que se dirige a la entrada, donde hay unas cajas que le servirán para limpiar todo, pero que podrían desfondarse si se mojan pero a ella ni se le ocurre, viendo como él se despediría de todos y se lanzaría, saco en mano, al estacionamiento para buscarla a ella, a la otra ella, mientras ella aquí se desentiende de todo, mientras ella aquí se olvida que el baño quedó hecho un desastre y que deberá limpiarlo si no quiere que la descubran.
Pero sus pies se quedan ahí, varados en plena resaca seca, en plena inocencia de la culpa, de lo terminal. Recuerda el teléfono descolgado, preguntándose si eso tendrá alguna tarifa. El auto de él refleja un sol chiquito que viaja desde la acera contraria, donde siempre lo deja, esperando como montura mansa y resignada a que alguien le encienda. Los músculos le duelen, casi tanto como el cuerpo del interior, el que ella se empeñaba en mostrarle y él nunca quiso ver. De pronto se siente extremadamente cansada, pero sin las nauseas, sin la histeria, sin la desesperación que se le había hecho costumbre. Mira indiferente el piso mojado, ya secándose en partes, y se vuelve hacia el umbral que separa el área del comedor, hacia donde camina, ligera para su sorpresa, y con algo de torpeza aparta las sillas y se tiende sobre la mesa, cabalmente desnuda, mirando el techo desconocido de su propia casa. Y ahí, finalmente, se duerme.
Ricardo A. Simental
Puerto Vallarta, Mexico
Nov 2011
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