Corrían alrededor de la madre, una y otra vez, riendo y agitando los brazos. Corrían persiguiéndose uno a la otra sin razón ni sentido, sin saber quien perseguía a quien. La madre platicaba animosamente con la vecina, de todo, de nada importante, de lo único importante. Pasaban los autos y las horas sin contarlas. Eso era entonces. Eres feliz, mami? preguntaba, mirando las manos guardando sartenes y utensilios, deteniéndose un momento para tomarle la cara y decirle...
Corrían a la escuela, persiguiendo minutos preciados para llegar antes que cerraran la puerta. No importa quien llegue primero, sino guardar el lugar y no tener falta. La falta que hizo el padre cuando la madre enfermó y su hermano se salió un día de clases, con ella corriendo atrás, para no regresar nunca al estudio. Corría después ella de la mano de ese otro hombre joven, el del aire distinto y los besos ardientes. Corrían para esconderse de todos y tocarse por todas partes, con la urgencia de lo prohibido, descubriendo con eso que nada estaba prohibido.
Corrió el otro después, solo y sin su compañía, quedándose ella esperando su adiós y a un hijo que no le dejó creer en la vida. Corrió otra vez con los años para decirle a su madre quien era el que estaba en el nosocomio con una etiqueta de NN y dos agujeros en la cabeza. Y en el funeral de esa madre pensaron que estaba loca cuando corrió varias veces alrededor del cadáver, hasta que alguien la derribó de un abrazo y le inyectaron algo que la durmió por horas.
Y desde entonces se detuvo. Y cuando miró jugar a su único hijo le soltó un bofetón y sacudiéndole le dijo: no corras, ¿me oyes? nunca corras.
Ricardo A. Simental
Dic 2010
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