El agua corría con cierta fuerza entre las rocas dinosaurios tendidas como garrobos al sol de la cañada. El cuale serpenteaba, como dicen los escritores, alargándose entre ramas y hojas y la basura de sus orillas, con aparente prisa por irse de todos lados. Él metió la mano para sacar un bote de cloro, con la esperanza de hallar un camarón adentro, donde se quedaban a veces, arrinconados por su propia curiosidad. Lo arrojó vacío al centro de la corriente, mirándolo flotar por un tramo y hundirse desde otro, para atorarse en cualquier remanso.
Los pies resbalaban al apoyarse en las piedras, buscando el fondo arenoso. Vio pasar la primera cara rebotando desde un remolino, con el cabello hecho algas agitándose delante de ella, cubriendo un ojo y luego los dos, para descubrirlos justo al pasar junto a su pierna derecha. La mirada era limpia y como no sabiendo donde estaba. Los dientes, asomados entre los labios pequeños, brillaban como las conchas bajo el agua. Estupefacto, quiso echarse atrás, pero otra cara campeaba la corriente a su espalda. Y otra y otra más. Miró en busca de auxilio, no queriendo gritar de pura vergüenza. Nadie había alrededor. Las caras llegaban a montones, todas a media agua, asomando las narices con cada agitarse de las ondas, o al tomar las corrientes entre las piedras. Un perro ladró a la distancia, sabiendo lo que pasaba, pero a la distancia. Él miraba las caras y las miradas, sobre todo estas, hallando en ellas sorpresa, añoranza y a veces enojo, pero más tristeza que otra cosa. Las bocas cerradas o a lo sumo, entreabiertas, no mostraban sonrisas. Estaba atrapado a medio río, con los rostros de otros cayendo desde aguas arriba y el sol yéndose a otra parte, como la corriente, con cierta prisa. Se asustó pensando en su mismo susto cuando miró pasar su propia cara con la boca completamente abierta. Trató de gritar y no pudo. Trató de llamarse pero sus ojos estaban cerrados. A ciegas, tanteó en el agua hasta agarrar uno de esos rostros que pasaban y se lo puso, avanzando luego a trompicones entre las piedras, para salir del cauce y de la orilla y de las cercanías del río. Llegó corriendo a su casa, con las lágrimas rebosando el espanto y se sentó a llorar en la puerta. Alguien abrió y bondadosamente le puso la mano en el hombro, diciendo con voz maternal:
-no llores, niño, ¿que tienes?, ¿dónde vives?.
Ricardo A. Simental
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