Hace un gesto hacia el rostro que le mira y este se lo regresa de inmediato. La luz oblicua desprende escamas de sombra desde el espejo, excepto en las esquinas empañadas por el tiempo. La habitación se esconde a medias a su espalda, exhibiendo sin embargo el detrito de los sueños que acaba de serle abandonado por esos sueños y repta ahora sobre sábanas, ropa, muebles, todo. Se frota los ojos con la vaga esperanza de mejorar su visión y se encuentra con la misma imagen de su yo mismo encimándole el día. Pero hay algo distinto. En su reflejo un foco está encendido. De este lado la luz amanecida se escurre entre las cortinas, dejando ciertas partes oscuras a su paso, pero en el otro todo está iluminado con la fosforecencia de la lámpara dizque ahorradora que pende del techo. Se rie, un poco emocionado, deseando que la visión sea cierta pero negándose a creerla. “Esto solo pasa en sueños” piensa, mirandose sonreir pero fijando la vista en el solecito blanco de luz artifical que no niega su existencia. Se voltea hacia el foco real, el apagado, el que tiene encima y detrás de su cabeza. Apagado. Voltea al espejo. Encendido. Voltea al cuarto. Apagado. Vuelve a mirar el espejo y el rostro que se desprende desde esa superficie le hace gritar con un terror desaforado, abismal, estremecido. En el espejo el foco está apagado. En la habitación está encendido. Satisfecho y libre al fin, se yergue medio desnudo y abandona el cuarto con una media sonrisa en el rostro, dispuesto a hacer de todo en este mundo.
Ricardo A. Simental
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