lunes, 30 de enero de 2012

De cómo los sueños


En el inicio del habla, un hombre soñó con tener a alguien que realizara el trabajo por él y en el afán de darle vida a ese sueño, se hizo poderoso y sojuzgó a otros para darles el nombre de esclavos y vivir a sus anchas sorbiendo el aire de plácemes que destila del sufrimiento inaudible de los sometidos. Otro hombre soñó con tener a alguien que luchara por él y se hizo rico y pagó con creces a los mercenarios que gustosos degollaban a amigos y enemigos para acrecentar la fama y dominio de su contratante. Un tercero ansiaba tener quien le administrara y llevara registro de su vida y pronto le rodearon serviles escribas y consejeros que le diseñaron un complejo sistema de escasez en el que cada cosa tenía un valor supremo. Así, los sueños de los tres hombres encontraron un sitio en la realidad de las cosas, para las cuales no habría objeción dada la intemporalidad de las mismas y el perecedero efecto que ello tendría sobre el destino. El resto de los hombres creyó que esos sueños no eran tales, sino vaticinios y designios altísimos a los que sólo correspondía obedecer, lo cual hicieron hasta que el actuar de unos empezó a cruzarse con el de los otros y pronto había esclavos muertos a puñaladas, sicarios empecinados en extraer alimento de la tierra sin saber cómo y escribas vilipendiando a soldados y siervos, incapaces de una acción fatal. El sueño de los tres hombres comenzó a desmoronarse y tuvieron que hacer lo que tanto habían evitado. El látigo de uno puso a trabajar a los reticentes, la espada del otro acabó de tajo con la alharaca de los revoltosos y la elocuencia del último acabó con el desconcierto y la inconformidad de todo el mundo. La humanidad pareció regresar a su sitio, pero los hombres habían probado que podían hacer otra cosa. Al amanecer del primer año del último ciclo de esos sueños insertos en la realidad, como las cosas habían supuesto, la humanidad hizo que los tres hombres dejaran de serlo y los convirtieron en deidades, adorándolos en todas sus formas, indistintos o convertidos en uno solo, elevados por encima de todos y de todo, sometidos ahora a la voluntad de sus fieles. Lo que hubieran alguna vez soñado no tenía la menor importancia. Ahora sus sueños eran de otros y sus cuerpos desaparecían lentamente, ahogados por la continua letanía que sobre ellos posaron. Ahora los esclavos explicaban su agonía, los mercenarios justificaban su crueldad y los escribas estafaban a unos y otros aludiendo a un divino mandato. Los esqueletos de los tres hombres tienen eras haciéndose polvo. Y no sueñan más.

Ricardo A. Simental

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