Si hubiera habido aunque sea una sola vez que se era, el mundo rodaría hacia otra parte.
viernes, 14 de febrero de 2014
Para todos
Hoy desearás lo mejor para aquellos bien amados, para los tuyos cercanos, para los amigos. Quizá enviarás un mensaje, una tarjeta, un saludo afectuoso. Llevarás el corazón presto para el amor, para la amistad, aún entre extraños. Celebrarás que estás vivo, con aquellos que entre los demás, te importan. Desearás firmemente que la felicidad sea para todos, se expanda y llegue hasta el confín del mundo, o al menos, de tu ciudad. No deberás ser parco con las palabras, y menos con los abrazos, para demostrar que les quieres, porque el entusiasmo en repartir afecto no estará nunca de más en la vida. No escucharás nada en tu contra, aun si lo dicen. No darás importancia al comercio, sino a la generosidad. No olvidarás que estás aqui gracias a otros, y a esos otros recordarás con cariño, reflejando en quienes aún están aqui, lo profundo que puede llegar a ser un sentimiento, y lo perdurable de los recuerdos. En fin, servirás de pregón para que todos sepan que el amor, en cualquiera de sus formas, se impondrá siempre al temor, a la codicia, a la crueldad y al egoísmo. Y con un poco de suerte, y un mucho de corazón, lo mantendrás así todos los días, hasta siempre, por encima de todo.
miércoles, 12 de febrero de 2014
La Ballena
"De tantos hombres que soy, que somos,
no puedo encontrar a ninguno.."
no puedo encontrar a ninguno.."
Pablo Neruda. "Muchos somos"
La ballena emergió como de costumbre, levantando sobre su lomo la caricia última de una mar silente. Remojó la brisa cargada de estrellas con el efluvio ciego de su respiración. Solo un rumor sordo le delataba su propia presencia: su corazón. Separada del grupo, sin región fija de residencia, había regresado una y otra vez a ese páramo de bancos de arena suave que se acumulan a escasa distancia de la orilla. Miró las luces repartidas sobre el costillar de la bahía y respiró de nuevo, despacio, sin asomo de emoción. Después, se quedó dormida.
La ballena soñó que era un hombre y paseó por las orillas y las calles del puerto. Soñó que tenía un nombre de hombre y unas piernas y unas manos de hombre, y era conocido por casi todos. Soñó que tenía una casa que cuidar y en ella habitaban una mujer cálida que le abrazaba de veras y unos hijos que le tendían los brazos y se dejaban acariciar. Que tenía un trabajo que cumplir y lo hacía muy bien. Soñó que era amigo de todos, con esa amistad que sólo existe en la buena intención. Luego, se despertó.
En las noches siguientes, cada vez que regresaba a contemplar este puerto que nunca duerme, se le repetía el sueño. Llegó a conocer tan bien el mundo de los hombres, que tuvo que contárselo a los demás en ese mundo marino. Los viejos cachalotes le creyeron sin cuestionarle, acostumbrados desde la antigüedad a ese influjo maligno. Las ballenas azules, casi extintas, se alejaron de ella con espanto, al escucharle mencionar al hombre. Pero muchas otras se dejaron llevar por lo atractivo del cuento, o del sueño, lo que fuera. Les encantaba escuchar acerca de la sensación de trasladarse sobre dos pies, en tierra firme, y de correr en contra del viento. Les fascinaba el relato de las extrañas costumbres que los hombres practican para poder creer lo que ven, para tocarse sin sentirse, para reproducirse nomás porque sí. Se reían ante la necesidad de los hombres de limpiarse el cuerpo con agua casi todos los días. Pero también se incomodaban ante las sombras oscuras que anidan en ese corazón tan pequeño y que pronto resaltaban en el relato. La ballena, sin saber por qué, intentaba cambiar esas partes de la historia. Pero la imposibilidad de mentir le ponía cada vez más triste.
Un día la ballena soñó que era un hombre que soñaba ser una ballena. Y se vio a sí misma irrumpir entre las ballenas sin consideración ni respeto. Se solazó atemorizando a los pacíficos y sojuzgando a los débiles. Atacaba los cardúmenes por el puro placer de ahuyentarlos. Se descubrió una furia homicida en los ojos y una sed de poder incontenible. Y cuando se creyó mejor que todas y despreció a las ballenas azules, a las negras, a las moteadas, sólo por ser diferentes, se le congeló el corazón, envenenado por la sierpe del egoísmo.
Entonces se despertó el hombre que era soñado por la ballena; y respiró aliviado al descubrirse tendido sobre su cama, en tierra firme. Entonces despertó la ballena que soñaba ser ese hombre, y contenta de ser ella misma, dio media vuelta, alegre al sentir la caricia de esa mar tranquila, silente. Miró por última vez las luces lejanas y se sumergió, ya a salvo, lentamente.
jueves, 6 de febrero de 2014
Navidad
Miró las estrellas, embelesada por la notoria
brillantez de una de ellas. Orión se inclinaba a su siniestra, quizá para
mejorar la distorsión hacia Géminis. A ella poco importaban los nombres,
sabiendo que quien no llama nada, nada a su vez le llama. Murmuraba bajito el
único nombre que importaba: Ezael, Ezael. Cantaba cierta letanía agorera de la
buena suerte, mientras esperaba a su esposo que regresaría quizá ese otro día
del censo de Augusto. Quizá nunca. ¿Qué harías sin padre, Ezael, si distinto
hubiera sido tu destino?. El ecumenismo romano se despedazaba a la puerta de
esa vivienda en Belén, hasta donde habían llegado las huestes de Herodes, el
sátrapa, para acabar con todo primogénito. Tomó la punta de su manto para
borrar una sombra que escurría desde el alfeizar de la ventana. El manto se
tornó en esa sombra. ¿Qué serías cuando crezcas, Ezael, si te hubieran dejado?.
Los perros ladraban furiosamente, al paso seguro de un guardia del Imperio,
cumplida ya su misión. Ella se acercó a la cuna y tomó el envoltorio que se
antojaba ligero, cantando suave su nombre y una elegía a los ángeles en el
cielo. Pero no nombró a Dios, como al paso. Se sentó en el umbral de la puerta,
mirando el lejano resplandor de las fogatas en el pueblo. El envoltorio se le
deshizo en el regazo, vacío. Ella cantaba una dulce canción de cuna, con voz
agotada, sedienta, armada de una pena entera, sin nadie en los brazos. No sabía
quién nacía a esa hora del mundo.
Miró las estrellas, extrañada de la brillantez de
una de ellas. Las luces artificiales se habían apagado hacía horas. Esperaba a
su esposo, que no habría logrado pasar a tiempo los retenes e ignominias que
ahogan a Belén. La única habitación de la casa todavía en pie, olía a
encierro, o a entierro. Oyó ladrar a los perros, al paso del convoy de los
paleros del imperio. La hipocresía humana se regocijaba fuera de esa vivienda,
hasta donde habían llegado las huestes de Netanyahu, el cerdo. Tomó la punta de
su manto para limpiar una mancha que se escurría de esa frente destruida que
protegía con su mano. El manto se convirtió en esa herida. ¿Qué serías cuando
crezcas, Azhar, si te hubieran dejado?. ¿Qué seré yo, desde ahora?. Cantó
suavemente el nombre del muerto. No sabía qué o quién renacería a esa hora en
el mundo.
sábado, 20 de abril de 2013
Hiroto y el Sennin
Al despuntar el alba, Hiroto Kusatsu se encontró mirando una
nube en forma de ave protegiendo su nido y pensó que la primavera había sido
hasta entonces propicia. La noche le había traído descanso, sin sueños, y la
brisa matinal le acercaba aromas que recordaba desde su infancia. Repitiendo
una oración, se concentró en la visión del hermoso conjunto que asomaba a
través del umbral de su choza: la vegetación de bambú, sus plantas de té y el
árbol de alcanfor que destacaba su fronda contra el cielo rosicler. En ese
paraje de Kyushu, con los caminos a respetable distancia, Hiroto había visto el
mundo volverse otra cosa, y sonreía al
pensar que ese mundo, ahora tan joven, era como un muchachillo rebelde que se
destrozaba a sí mismo al menor capricho. No necesitó intuir la presencia del
extraño; los ladridos de los perros vecinos, la única molestia en su apacible
existencia, se la revelaron.
Hiroto se incorporó, sofocando un suspiro, y se acercó al
umbral sin puerta de su vivienda. Salió al aire libre y se sentó sobre un
tronco que le servía para cortar leña. Contó los trinos de los pájaros y miró
caer una hoja sobre el pequeño estanque a su izquierda. Observó al visitante
recorrer los últimos metros del sendero que llegaba hasta el inicio de su
pequeño jardín, y comenzar sus reverencias desde ahí, lo que convertía su
caminar en una danza ridícula que Hiroto no pudo resistir. Con una gran
sonrisa, le invitó a acercarse.
-Buenos días, Hiroto Sensei – dijo el visitante, con un tono
humilde a pesar de sus ropas costosas y su reloj chapado en oro.
- Buenos días, Chan-
Hiroto miraba al personaje con afectuosa curiosidad. Colocó las manos juntas y
ambos se dispensaron sendas reverencias.
- Vengo desde muy lejos a pedirle consejo – el visitante se
frotaba las manos sin saber a ciencia cierta si debía sentarse frente al viejo
o permanecer de pie. Hiroto Kusatsu no reparó en ello o no quiso hacerlo. Tomó
la taleguilla que colgaba de la pared exterior a su espalda, y sacó algo que
comenzó a mascar con lentitud exagerada. Miraba al sendero. Señaló un punto
detrás del visitante y respondió:
- Si, lo he notado –
El visitante
carraspeó, inquieto. Finalmente, alzando la voz, dijo vehemente:
- Quiero ser un
Sennin-
Hiroto no respondió de inmediato, pero alzó la vista y miró
los ojos del visitante. Descubrió lo mismo que en los otros. En tantos otros.
- Ya lo sabía – Hiroto
se recriminó el lugar común, pero en ciertas horas tendía a ser demasiado
benevolente consigo mismo.
- ¿Cómo podía
saberlo?- preguntó, incrédulo, el visitante.
- Bueno, quizá porque
yo también he leído a Akutagawa – y metiéndose otro poco de té entre las
encías, continuó- o porque sólo eres el último de la miríada que ha venido a lo
mismo-.
- ¿Otros lo han
intentado antes que yo? – A Hiroto todavía le asombraba comprobar cuan
abundante es la estupidez. Y la soberbia que siempre le acompaña.
- Claro que sí, ¿no
crees que todo aquel que haya leído el cuento de Akutagawa querría ser un
Sennin? Afortunadamente, la sabiduría es de naturaleza Kami. En este mundo no
habría espacio para tanto mago e inmortal. Nada seriamos ahora-
- ¿Usted es un Sennin?
- No, claro que no.
- Pero la gente me ha
enviado hasta acá, diciendo unos que es Usted un gran sabio; otras, que es un
mago, e incluso hay quienes afirman que es Usted un hechicero que puede curar o
matar a voluntad. ¿Es eso cierto?-
- Lo único cierto es
que siempre habrá quien lo crea-
Hiroto se incorporó,
algo cansado. Miró sus manos, plenas de arrugas y suave calma. Con afabilidad,
comenzó a dar instrucciones.
- Camina por este
sendero hasta encontrar una vía de ferrocarril. De ahí, tornarás a tu izquierda
siempre, en cada bifurcación, hasta llegar a Kioza, donde preguntarás por
Yakeshi Chikamatsu, el hombre más viejo de esa región. Quizá él te pueda
aconsejar para lograr lo que quieres. Pero ten cuidado, Yakeshi tiene poca
paciencia.-
- Ya he estado ahí. He corrido como gamo ante
el cazador, perseguido por las fieras de ese tal Takeshi. Ni siquiera tuve
oportunidad.-
- No es de extrañar.
Takeshi morirá pronto y no quiere perder tiempo con nadie que no sea él mismo.-
Hiroto pretendió hacer memoria. – Sé de Yudai Matsuzawa, en la provincia de
Minamishimabara. Él es más joven incuso que yo. Tal vez él sepa algo. He
enviado muchos con Yudai y ninguno ha regresado. Supongo que habrán conseguido
lo que buscaban.-
- No lo creo así- respondió desalentado el
visitante- Yudai está muerto. No tuve que llegar hasta allá para averiguarlo.
Murió de enfisema, dicen los médicos, pero la gente murmura que el opio fue su
verdugo. Yo venía de buscar a Yusei Fukao, con quien pude entrevistarme. Él fue
quien me envió con Yakeshi Chikamatsu, porque creía que Hiroto Kusatsu se había
convertido en Kami, después de los novecientos años de vida que le achacan.
Yusei cree que Usted es un espíritu de los bosques, y que en vida fue un
verdadero mago. Pero Yusei no tiene Internet, y por eso no puede saber que
Usted aún vive ni sabe dónde encontrarlo. Yo sí le encontré. Pero parece que
Usted tampoco puede ayudarme.-
Hiroto se puso a pensar. Y llegó a una resolución.
-Bueno, tanto como no
ayudarle-
-Entonces, ¿sí puede?-
Esperanzado, el visitante sonrió por primera vez. –Le deberé la vida, si lo
hace- y fervorosamente, se inclinaba una y otra vez hasta que Hiroto le detuvo
con una mano sobre su hombro, algo fastidiado.
-Si quiere ser un
Sennin, yo no soy quien para detenerle. Venga, entremos a la casa-
Una vez dentro, Hiroto vertió una fusión en un vaso y se lo
ofreció al visitante
- Tenga. Bébalo todo-
El visitante temblaba de excitación, pero dudó un momento. Sumiso, pero no enteramente,
preguntó:
- ¿Qué es esto? ¿me
pasará algo?- Hiroto, que acomodaba mientras las esterillas para sentarse,
respondió, molesto:
- ¿Qué? No, hombre, es
solo té. Cálmese-
Cuando ambos se encontraron de frente. Hiroto inició su exposición.
- A Gonzuke le tomó 20
años convertirse en Sennin. Y fue su fe inquebrantable lo que le permitió
alcanzar esa santidad. ¿Tiene Usted la misma fe?-
- He creído en mi
emperador y mi patria por cuarenta y tres años exactamente. He seguido
fielmente las instrucciones de mis superiores durante más de treinta. He
mantenido la fidelidad a mi esposa por veinticinco años, aún después de que
ella se mudó de Osaka, donde resido, a un departamento más pequeño en Tokio,
donde ahora reside. Fui guardián y proveedor de mis padres hasta que emigraron
a los Estados Unidos con mi hermana Oyuky Smith, y aún frecuento a mis amigos
de Universidad, una vez al año, por Skype. He sido un buen padre, proveyendo de
ipods y ipads a cada uno de mis dos hijos, bueno, hasta que mi hija Iriko se empeñó
en cambiarlo por un Samsung Galaxy S NTT
DoCoMo. Creo que sí tengo la fe.-
- Tienes muchas otras
cosas-
- Yo sé, he sido
afortunado-
- Carencias. Falacias-
- ¿Cómo?
- En fin. No sé cómo
puedes llegar a ser un Sennin, pero creo saber cómo puedes intentarlo.-
- Dígamelo, Hiroto
Sensei. Yo haré lo que sea necesario y así me convertiré en un Sennin.-
- No lo sé de cierto.
Tengo 87 años y seguramente no veré lo que ocurra contigo. Si logras hacerlo,
será por tu propio mérito. Si no lo logras, al menos habrás pasado el resto de
tu vida intentándolo, que es mejor que lo que tienes hasta ahora.
- Mmhhh-
- Bien. Dame tu
celular-
- Ejem, ¿Cómo dice? ¿Mi
celular? Pero ahí tengo a todos mis clientes. Mis superiores me envían mensajes
constantemente y además, sigo las noticias y los movimientos de la Bolsa. Desde
ahí manejo mis cuentas bancarias, mis pagos por servicios, las colegiaturas, mis suscripciones y hasta
mis cuotas del club de golf. Mis reservaciones, mis programas favoritos, mi
música, mi agenda, mis libros, mis reuniones familiares a distancia, mis
recordatorios de las fechas importantes, como el reporte semanal de ventas, las
fiestas religiosas y mis días de sexo. Es mi carnet de identidad en los
circuitos de seguridad y mi pase de entrada a eventos, áreas de servicios, y
salas VIP. ¿Qué haría yo sin él?
- Ese celular te ata al fardo inútil que es el
mundo. No puedes elevarte como un Sennin si llevas ese lastre.-
- Pero yo quiero ser
Sennin para equiparar la fuerza de mi celular. Para hacer el mismo número de
cosas que él. Juntos, ¡seriamos invencibles!. Y podría vencer en ventas al
maldito de Shengai Wilson, quien me ha derrotado por diez años consecutivos-
Hiroto guardó
silencio. Había cerrado los ojos y movía los labios como en la oración. Puso
las manos en sus rodillas y se incorporó lentamente. Caminó por la habitación,
buscando algo que sabía encontraría. Finalmente, se volvió hacia el visitante,
que le miraba con expectación y anhelante alegría. Hiroto inicio la última
disertación de ese día:
- Takeshi usa perros; Yudai se hace pasar por
muerto y Yusei los envía siempre con otro. Yo he descubierto que el mundo no
está del todo errado y a veces crea artificios realmente útiles. – Y levantando
el brazo, le apuntó.
Y mientras apretaba el
gatillo del taser y miraba al visitante reaccionar a la descarga con espasmos y gritos, algunos con cierta nota de
incredulidad, Hiroto Kusatsu pensaba, con certeza absoluta, que él nunca
llegaría a ser un Sennin.
martes, 29 de enero de 2013
De sombras luminosas
Ella caminaba despacio, sin
querer alejarse. Él no sabía lo que dos minutos pueden significar. Había
esperado por horas el momento de salir hacia la estación, donde ella se
presentaba a diario para abordar el transporte de regreso a casa, mientras él
la contemplaba de lejos, sin decidirse a acercarse, y ahora iba de prisa,
temiendo que hubiera esperado demasiado. Ella pensaba que esta vez, si lo
encontraba, sería ella la que hablaría, sin importar si eso era lo correcto o
no. Él estaba convencido que valdría la pena el intento, aun a riesgo de un
desaire. Ella decidió quedarse un poco más y su recompensa fue verlo llegar,
acomodándose el cabello y mirando el reloj, hasta pararse en el mismo sitio de
siempre. Cuando inició el ataque sintiendo el corazón hecho un puño, le vio
erguirse al sonido del tren, pasando su mirada sobre ella. Él llegó tarde,
corriendo como nunca, molesto por su deficiente sentido del tiempo. En cuanto
entró la buscó con la mirada, casi desesperadamente. Le distinguió hacia la
zona de siempre, con su figura hermosa e inconfundible y el pelo ligeramente
alborotado. Por un momento pareció que volteaba los ojos hacia él, pero recordó
que el enorme reloj estaba sobre su cabeza. Ella le miró pasar de cerca, con el
semblante amable que le había conquistado hacía tiempo y el maletín de
costumbre. Él la miró subir al tren sin haber podido acercarse, ni lograr que
descubriese el gesto que audazmente le había lanzado. Ella le miró subir al
tren sin reconocerla. Él se quedó parado a medio andén, con la carta escondida
en la mano. Ella se quedó parada a medio andén, mirándole tomar asiento y sacar
un libro para iniciar la lectura mientras el tren iniciaba su marcha. Luego,
con una vaciedad insufrible, se volvió para descubrir a otro como ella, con la
misma cara desolada y las manos en los bolsillos, caminando andén abajo, a
contracorriente de ella.
Pianista en una casa de putas
A Harry S. Truman, a
pesar del Enola Gay
Despertó con la urgencia de ir al
baño y sólo pudo darse cuenta de su desnudez al sentir el escobazo de doña
Remedios atinado en plena nalga izquierda, la de la mancha carmín de
nacimiento. Sintió el escozor de las cerdas de plástico y el rencor de esa señora
de la limpieza que nunca le había querido bien. “Cabrón malnacido” repetía
furiosa, mirándole el paquete bamboleante mientras él brincaba para esquivar
los pretendidos golpes. “No tienes vergüenza”. Regresó de prisa a la habitación
de los trebejes donde tenía una manta en el suelo y una almohada hedionda a
orines para apaciguar la fatiga. Se puso los pantalones de pana regalo de
Sonia, la más reciente, y salió mesándose los cabellos y las nalgas, herido por
el pundonor de Remedios, la misma que cierta noche había entrado a ese cuarto
dizque para buscar artificios y se vació de soledad montada sobre él,
machacando un ritmo extraño entre tanta carne y sudor, emitiendo grititos que
nada tenían que ver con su apariencia. “Todas fueron princesas algún día” pensó
en aquel entonces, “pero ahora sólo es fantasía”. Recordó el gesto esforzado, como buscando un
sueño, que había deformado aún más las facciones de Remedios. Recordó que casi
la quiso en ese momento. “El amor es pura lástima”, se dijo, abriendo la bragueta
y separando los pies, parado frente al único árbol de un patio lleno de
escombro y basura. Se sabía muy igual a ella, con su cuerpo escuálido y su
cabello escaso por el sarpullido, “es la
única forma de quererlo a uno”. Miró hacia las ventanas minúsculas de los pisos
superiores, asomadas a ese cuadradito de cemento con tres macetas que cagaban
los gatos, y pensó que ese amor se vendía
y compraba al por mayor en esa casa, regenteada por hombres jodidos por
el dinero y habitada por mujeres que adolecen del mismo vicio. Recordó que algo
tenía que hacer, pero no pudo precisarlo. Escuchó el grito de Remedios
indicando que él se encontraba en el patio meando, y se apresuró a guardarse y correr
a su cuarto, hasta donde Felicitas fue a aporrearle la puerta. “¡Te estoy
hablando, cabrón!” gritaba, en un sofocante aullido, “¡O sales ahorita o te
parto el hocico!. Cuando asomó, levantó el rostro hacia la boca vociferante que
le arrojaba gotas de saliva y mentadas de madre. ¡Te dije que no volvieras a
molestar a ninguna de ellas! y mientras le zarandeaba, rasgándole la camisa
manchada de aceite y de simple mugre, le azotaba el rostro a bofetadas que le
hicieron verdadera mella, dado el desprecio y la saña con que eran dadas ¡y aún
así fuiste anoche al cuarto de la Camila, cuando te dije que no te metieras con
ella, de todas, menos con ella” . Él no levantó los brazos ni hizo gesto de
defenderse, apelando instintivamente a la compasión como su mejor defensa. ¡Tullido
asqueroso, piojoso de mierda! ¡Sólo porque te tengo lástima no te echo a la
calle, o a los perros, o a la policía! Y recalcaba lo dicho con zoquetes y
pellizcos que dolían físicamente, pero eran una violencia menor comparada con
los golpes. ¡No vuelvas jamás a intentarlo! ¿Me escuchas? ¡Jamás!. Está bien que
son putas, pero se acuestan por dinero, y si quieren y pueden, por placer, pero
no con alguien como tú, ¡ sólo les das asco!. Y le estrelló la puerta en la
cara, lanzando improperios contra Remedios, contra la casa, y contra las
malditas putas que sólo causaban problemas mientras una se esforzaba porque
vivieran mejor. Él se recargó en la pared, sollozando, dejándose caer poco a
poco hasta quedar en cuclillas, abrazándose las rodillas, escondiendo el rostro
tiñoso entre los muslos, dejando salir todo. Escuchó a Remedios pasar frente al
cuarto, diciendo que no hay que hacer caso, y luego, después de un rato, los
pasos de Felicitas regresando por el pasillo, deteniéndose frente a su puerta,
abriendo despacio y acercándose con menos silencio, para posarle la mano en la
cabeza, y asentarle una escudilla con las sobras de la cena. “Anda, come”, le
escuchó decir, con la misma voz pero
como otra persona, “y no vuelvas a hacerlo”. Él tomó la brusquedad del trato
con agradecimiento e intentó sonreír para ganarse aunque fuera una fugaz mirada
compasiva. Se sintió reconfortado al recibirla y respondió, por una vez contento:
Sí, mamá, no volveré a hacerlo”.
R.A. SIMENTAL
Puerto Vallarta. Enero 2013
lunes, 12 de noviembre de 2012
DE PLATÓNICO EL AMOR
La vio venir, buscándole con la mirada. Recordó que le había indicado esperarle en la acera de enfrente, justo al lado de un puesto de periódico con pocos periódicos y muchas revistas envueltas en bolsas de plásticos y tetas al descubierto. La observó mientras ella buscaba algo en su bolso y luego se pintaba los labios con ello. La deseo desde ahí, como si una parte del cuerpo se le desprendiese por completo. Miró al mismo tiempo que ella el reflejo de su figura esbelta, su pelo corto, sus ojos perdidos. Se sintió parado justo detrás de su espalda, con las manos queriendo su cintura, sus senos, sus hombros descubiertos recién. Formó un beso con los labios y cerró los ojos, una figura inmóvil a 50 metros de distancia, en la esquina opuesta, rodeado por la muchedumbre en marcha, por la muerte anónima que circula siempre por las aceras. No dejó ir el beso sino que lo conservó, retrayendo los labios en una semisonrisa que los parpados cerrados hicieron aún más notoria. Se sintió estremecer en una mano, ansiando el saludo que nunca llegaría. O la caricia. Le registró los zapatos ridículos, los brazos rollizos y la edad. La amó por un instante, hasta que el camión urbano que interrumpió su visión le apagó el momento con el ruido y su gas venenoso. Paladeó todas las posibilidades de amor e infelicidad que hubiera podido tener con ella. Se despidió con un gesto de las cejas, una cálida mirada desde sus propios ojos, y un pequeño silbido que la llamaba por su nombre y se alejó en dirección cualquiera, sin notar siquiera que ella finalmente volvía su cabeza hacia su persona andante, y mirándole las espaldas, sin conocerle, se preguntaba en silencio: “¿era este el sitio?”; “¿me habrán engañado otra vez?”.
R.A. Simental
Nov 2012
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