Ella caminaba despacio, sin
querer alejarse. Él no sabía lo que dos minutos pueden significar. Había
esperado por horas el momento de salir hacia la estación, donde ella se
presentaba a diario para abordar el transporte de regreso a casa, mientras él
la contemplaba de lejos, sin decidirse a acercarse, y ahora iba de prisa,
temiendo que hubiera esperado demasiado. Ella pensaba que esta vez, si lo
encontraba, sería ella la que hablaría, sin importar si eso era lo correcto o
no. Él estaba convencido que valdría la pena el intento, aun a riesgo de un
desaire. Ella decidió quedarse un poco más y su recompensa fue verlo llegar,
acomodándose el cabello y mirando el reloj, hasta pararse en el mismo sitio de
siempre. Cuando inició el ataque sintiendo el corazón hecho un puño, le vio
erguirse al sonido del tren, pasando su mirada sobre ella. Él llegó tarde,
corriendo como nunca, molesto por su deficiente sentido del tiempo. En cuanto
entró la buscó con la mirada, casi desesperadamente. Le distinguió hacia la
zona de siempre, con su figura hermosa e inconfundible y el pelo ligeramente
alborotado. Por un momento pareció que volteaba los ojos hacia él, pero recordó
que el enorme reloj estaba sobre su cabeza. Ella le miró pasar de cerca, con el
semblante amable que le había conquistado hacía tiempo y el maletín de
costumbre. Él la miró subir al tren sin haber podido acercarse, ni lograr que
descubriese el gesto que audazmente le había lanzado. Ella le miró subir al
tren sin reconocerla. Él se quedó parado a medio andén, con la carta escondida
en la mano. Ella se quedó parada a medio andén, mirándole tomar asiento y sacar
un libro para iniciar la lectura mientras el tren iniciaba su marcha. Luego,
con una vaciedad insufrible, se volvió para descubrir a otro como ella, con la
misma cara desolada y las manos en los bolsillos, caminando andén abajo, a
contracorriente de ella.
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