Cuando se dio cuenta de que había perdido la oportunidad para la felicidad en la vida, era un poco tarde para romper con todo. Se abandonó a la rutina, sin poder ahogar por entero a ese que llevaba dentro que se le agitaba de cuando en cuando, sin aviso previo. Aprendió a hablar solo, recriminandoselo cada vez en menos ocasiones, y a toser con discresión cuando la desolación era mucha y sentía desbordarsele con un grito ahogado. Se le fue desfigurando el rostro por debajo de la piel, desacomodando la sonrisa con cierto rictus amargo y volviendole los ojos hacia adentro. Tomó por costumbre mirar su sombra al caminar, para creer que seguía vivo. Los dias le llegaban disminuidos con la cuota de los errores cometidos en el pasado. Las pocas horas que le quedaban se le iban en el trabajo.
Un dia decidió que se iría con una gran despedida de esa vida. Preparó todo concienzudamente. Le tomó algo de tiempo conseguir enlazar lo necesario. Cuando los dias desaparecieron y todo fue una sola noche en penumbras, supo que había llegado el momento. Lustró sus zapatos, se puso el único traje que nunca tuvo, se afeitó y peinó de memoria, para no verse al espejo y evitar asi cualquier momento de flaqueza, desprendido del afecto que todos sabemos guardar. Se ató el nudo con cuidado, buscando la perfección. Trepado precariamente, evocó algunos momentos que se le habían quedado pegados en lo profundo y suspiró con melancolía y algo de tristeza. Luego pateó el banco.
Con la maleta preparada de antemano ya en su diestra, bajada recien del armario, abandonó ese lugar para siempre, ya sin nada más que perder. Las notas dejadas en todas partes, no daban razones sino motivos. Y el horizonte se le hizo grande. Muy grande.
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