Hoy, en el diario, leí una noticia triste.
En Gerena,74 años después de fusiladas,
En Gerena,74 años después de fusiladas,
encontraron la fosa común donde las enterraron.
¿Quién las conocía? ¿De cuantos brazos las arrancaron?
¿Quién las conocía? ¿De cuantos brazos las arrancaron?
Yo suspiro ahora
en este espacio, inasido,
y me imagino despacio
lo que habrán sido.
A que una, dichosa,
con el bosque amanecido,
otra, quizá graciosa,
otra, con el ceño fruncido.
Aquella ama el dolor
del amor recién conocido;
Esta, la desazón
de no hallar un beso escondido
en el corazón.
Esta otra, desde un puño vacío,
reclama la sinrazón
de tanto justo que ha huido.
De todas, la mar se viene
anunciando gestos, cariños,
y ese valor que ellas tienen,
que es el coraje del digno.
Anda, Federico, vuela,
Que las niñas se espantan
al detenerlas.
Cierne rima de cantos
y de elegías
sobre sus frentes, sus manos;
las rosas de sus mejillas.
Que son diecisiete las flores
que ya no verán otro día.
Todas amasan cobijo,
asisten, reparten,
y no se arredran ni parten
ante el peligro que acecha
a padres, hermanos, hijos:
su simiente y cosecha.
Que de esa tierra bendita
maldita estirpe ha hecho mella
y donde la bestia transita
de muerte y dolor deja huella.
Anda, Federico, has suya
La canción otoñal, El alma ausente,
y depositales, como en la tuya,
un laurel en la frente.
Dales del alma cobijo,
que entre tus versos se mezan
y alienten con regocijo,
que al igual que las trece
de Madrid, las rosas perennes,
Nunca perezcan, nunca,
las diecisiete.
Y con esa mano amorosa,
que no nos venza el traidor, el asesino;
que se nos quede el candor.
Y que haya siempre una rosa
en nuestro camino.
Ricardo A. Simental, 2012
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