El niño se encontró con el caracol y creyó que aún estaba
habitado. Se detuvo frente a él, dudando en tocarlo, sabiendo que el contacto
vuelve susceptibles las cosas. Las olas a su izquierda llamaban a repetirse, y
se repetían unas a las otras, sin lograr que nadie hiciera caso, y antes bien,
se las rehuía. El caracol asomaba con la punta al cielo, rodeado de arena
húmeda, completamente inmóvil. “Debe estar solo” se dijo el niño, reparando al
instante en su error “debe estar vacío” se corrigió de inmediato. Los petreles
y las gaviotas se disputaban los mendrugos de alimento y basura dejados por
tanta gente, despertando con sus reclamos al viento que se levanta desde
occidente todas las tardes y trepa insolente por las montañas, agitando la
selva, el polvo, la rala existencia del trópico. El niño bajó la visera de la
gorra que protegía su cabeza del sol de hacía un par de horas. Nunca había
visto un caracol como aquél. Parecía extenderse por kilómetros dentro de su espiral.
Sus tonalidades de rojos, blancos, magentas, amarillos daban vueltas en las retinas. Se decidió a
tomarlo cuando notó que una señora con un niño en brazos se acercaba, curiosa
al verle parado ahí, con la vista fija en el suelo, y dos pequeños corrían
hacia el sitio con cubetas y palas en las manos, gozosos los rostros
enmascarados de arena oscura. En cuclillas, levantó el caracol con cuidado, con
sucesivos y cortos movimientos, para darle oportunidad de reaccionar, si
estuviese vivo. Escuchó a la señora decir a su espalda ¡qué bonito caracol!, y
luego, con cierta ansia posesiva, ¿me dejas verlo?. Uno de los pequeños, parado
a escasos dos centímetros de su cara, le preguntó, todavía chorreando agua: ¿es
tuyo? Él no quiso responder a ninguno, porque habiendo lidiado siempre con el
deseo de los demás, sabía que toda respuesta representaba un conflicto. Se levantó con el caracol en la mano,
venciendo su propio temor y algún grado de repugnancia, y sonriendo, se abrió
paso entre ellos, alejándose con un andar vacilante hacia el lado contrario de
la playa. Los pequeños regresaron sin más a jugar, pero la señora se quedó
mirándole alejarse, sin reparar en ello, con una tristeza infinita, quizá
surgida de su maternidad reciente, quizá de un presentimiento aciago. El niño
iba ganando en contento, a pesar de la incomodidad impuesta por la arena entre
sus dedos y el tufillo que percibía desde el caracol, sostenido a contraviento frente
a su rostro para ayudarse un poco con el peso y la marcha hacia las sombrillas desde
donde había venido.
A su madre no le había gustado el caracol. La desproporción
de su enojo ante lo que llamaba “su manía de recoger porquerías”, más que el
rechazo a su obsequio, le dejó abatido. ¿Cómo es que algunas personas desprecian
lo que otras anhelan? Podría quizá algún día entender que lo despreciase a él,
tan sin habilidades, sin gracias, sin alegría; pero, ¿a quién puede no gustarle
un caracol tan bonito?. Parpadeó rápidamente al sentir que se le venían las
lágrimas. Mamá no puede saber lo que hace. No lo sabe. No. Se acercó lentamente
a la orilla de un mar al que parecía no importarle nada. Sin pensar, dejó que
el agua le rodease los pies, dejando rastros de espuma al retirarse, como
recuerdos de una caricia que parecía intencional. Supo entonces por qué le
había gustado siempre el mar. El mar no hace distingos.
La gente se arremolinó en la orilla, a su alrededor. Detrás
de las olas, un bote salvavidas trataba de mantener su posición mientras dos
hombres bajaban a un tercero que parecía no reaccionar. La muchedumbre murmuraba y se asustaba, coincidiendo en lo
peor, como hace siempre. Los hombres batallaban un poco con la resaca y eso
hizo que otros acudieran al rescate de los rescatadores. Moviéndose de prisa,
con protagonismo de novela, gritaban ordenes sin sentido y empujaban a quienes
tuvieran enfrente. Viniendo en su dirección, uno le hizo a un lado, con una
mano callosa que le aplastó el pecho. Tendieron al hombre en la arena, pidiendo
inútilmente que la gente dejara espacio. Alguien solicitaba un doctor, y en eco
repetían: doctor! doctor!. Otro decía que no hacía falta, que el tipo estaba
muerto de ahogado. Una mujer sollozaba, sin soltar la bolsa con piña y jícama
que comía desde antes del incidente. Los más solo miraban, unos por encima de
otros. Al niño le repugnaba sentir la aglomeración de esos cuerpos casi encima
del suyo. Quiso alejarse, pero el cerco era compacto y no lo habría conseguido
si no fuese por la llegada de los marinos, que con eficacia antinatural se
abrieron paso y formaron un circulo en el que nadie podía pasar, ni el médico,
que tuvo que identificarse dos veces antes que el arma bajara del nivel de sus
ojos y le hiciera una seña en dirección del difunto. El niño no había visto
nunca un ahogado. Le impresionó el pelo echado sobre los ojos, en una especie
de antifaz del descuido, y la espuma que brotaba de la boca entreabierta en un
trazo desviado, como se abría la boca de la abuela cuando roncaba. El color
cenizo de todo el cuerpo le dio una sensación de frio. Y entonces le tuvo
lástima. Se alejó sin repeler las lágrimas, ya retenidas anteriormente, con el
caracol pesándole en una mano y la
angustiosa indefensión de ese muerto, abandonado ahí, pesándole dentro. No
sabía que una mujer con un niño en brazos, ignorándola aún, lamentaría para
siempre esa tragedia y asociándole con ella, no le olvidaría jamás.
El niño pasó largo rato lanzando piedras al agua, las que se
hundían de inmediato, inermes ante las olas. Se sentó después a contemplar su
obsequio. Había lavado cuidadosamente al caracol, aliviado de no encontrar
huésped alguno dentro del laberíntico aposento. El sol había cambiado de tono y
hacía que se confundieran los rastros de color en la superficie, logrando que
del blanco emanara un cierto resplandor rojizo. Al niño le gustaba su caracol.
Recordando las antiguas consejas, se lo puso en la oreja, tratando de escuchar
el mar, pero el mar lo tenía enfrente y no dejó que otra cosa apagara su voz. Intentó
soplar por el ápice y llamar como había visto hacer a los que se disfrazaban de
indios, pero el caracol no admitía aliento alguno. Quitándose la gorra, inútil
ya a esa hora, se lo colocó de sombrero, comprobando que le quedaba perfecto. ¡Cuán
grande era su caracol!. Echó a andar por el malecón, sonriente. Acostumbrado al
anonimato, a la invisibilidad, se sorprendió de pronto siendo motivo de
atención de la gente. Reparó en que seguía en traje de baño y sin ninguna otra
prenda encima, excepto su caracol de sombrero. O su sombrero de caracol.
Anticipó las burlas y las risas que efectivamente llegaron, pero fueron más las
miradas de admiración e incluso de envidia, entre otros como él, que no tenían
algo parecido. Se sintió diferente. La simpatía y curiosidad que percibió de
reojo le ayudó a ignorar las pullas y los comentarios mordaces, y pronto sonrió
abiertamente al reconocer que esa sensación de diferencia le calzaba tan bien
como su caracol. Rió al escuchar el llanto de quienes pedían un sombrero igual.
Pensó que tener un caracol era algo genial, pero pronto observó que la gente le
miraba a él, y cuando se iniciaron los saludos y uno que otro aplauso, y por
supuesto, las fotos, las personas se dirigían a él. Ahora contaba. Ahora la soledad
era un recuerdo lejano. La incomodidad que le acompañaba siempre, y que no
venía de la arena, ni del sol, ni la ropa o la gente, sino de él mismo, se
desvaneció, dejándole andar con un paso tranquilo y seguro hasta los pies de un
ángel de piedra que recordaba desde pequeño, y ahora parecía ser lo único
adecuado para permanecer consigo aún entre tanta gente, respirando el aire
marino, admirando el sol encendido, respondiendo a las sonrisas y a los guiños,
sin temerle a la noche ni a lo desconocido, paladeando el sabor de ser él mismo, el de
siempre, pero distinto.
Ricardo A. Simental
Julio 2012

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