domingo, 22 de julio de 2012

El niño y el caracol


El niño se encontró con el caracol y creyó que aún estaba habitado. Se detuvo frente a él, dudando en tocarlo, sabiendo que el contacto vuelve susceptibles las cosas. Las olas a su izquierda llamaban a repetirse, y se repetían unas a las otras, sin lograr que nadie hiciera caso, y antes bien, se las rehuía. El caracol asomaba con la punta al cielo, rodeado de arena húmeda, completamente inmóvil. “Debe estar solo” se dijo el niño, reparando al instante en su error “debe estar vacío” se corrigió de inmediato. Los petreles y las gaviotas se disputaban los mendrugos de alimento y basura dejados por tanta gente, despertando con sus reclamos al viento que se levanta desde occidente todas las tardes y trepa insolente por las montañas, agitando la selva, el polvo, la rala existencia del trópico. El niño bajó la visera de la gorra que protegía su cabeza del sol de hacía un par de horas. Nunca había visto un caracol como aquél. Parecía extenderse por kilómetros dentro de su espiral. Sus tonalidades de rojos, blancos, magentas, amarillos  daban vueltas en las retinas. Se decidió a tomarlo cuando notó que una señora con un niño en brazos se acercaba, curiosa al verle parado ahí, con la vista fija en el suelo, y dos pequeños corrían hacia el sitio con cubetas y palas en las manos, gozosos los rostros enmascarados de arena oscura. En cuclillas, levantó el caracol con cuidado, con sucesivos y cortos movimientos, para darle oportunidad de reaccionar, si estuviese vivo. Escuchó a la señora decir a su espalda ¡qué bonito caracol!, y luego, con cierta ansia posesiva, ¿me dejas verlo?. Uno de los pequeños, parado a escasos dos centímetros de su cara, le preguntó, todavía chorreando agua: ¿es tuyo? Él no quiso responder a ninguno, porque habiendo lidiado siempre con el deseo de los demás, sabía que toda respuesta representaba un conflicto.  Se levantó con el caracol en la mano, venciendo su propio temor y algún grado de repugnancia, y sonriendo, se abrió paso entre ellos, alejándose con un andar vacilante hacia el lado contrario de la playa. Los pequeños regresaron sin más a jugar, pero la señora se quedó mirándole alejarse, sin reparar en ello, con una tristeza infinita, quizá surgida de su maternidad reciente, quizá de un presentimiento aciago. El niño iba ganando en contento, a pesar de la incomodidad impuesta por la arena entre sus dedos y el tufillo que percibía desde el caracol, sostenido a contraviento frente a su rostro para ayudarse un poco con el peso y la marcha hacia las sombrillas desde donde había venido.
A su madre no le había gustado el caracol. La desproporción de su enojo ante lo que llamaba “su manía de recoger porquerías”, más que el rechazo a su obsequio, le dejó abatido. ¿Cómo es que algunas personas desprecian lo que otras anhelan? Podría quizá algún día entender que lo despreciase a él, tan sin habilidades, sin gracias, sin alegría; pero, ¿a quién puede no gustarle un caracol tan bonito?. Parpadeó rápidamente al sentir que se le venían las lágrimas. Mamá no puede saber lo que hace. No lo sabe. No. Se acercó lentamente a la orilla de un mar al que parecía no importarle nada. Sin pensar, dejó que el agua le rodease los pies, dejando rastros de espuma al retirarse, como recuerdos de una caricia que parecía intencional. Supo entonces por qué le había gustado siempre el mar. El mar no hace distingos.
La gente se arremolinó en la orilla, a su alrededor. Detrás de las olas, un bote salvavidas trataba de mantener su posición mientras dos hombres bajaban a un tercero que parecía no reaccionar. La muchedumbre  murmuraba y se asustaba, coincidiendo en lo peor, como hace siempre. Los hombres batallaban un poco con la resaca y eso hizo que otros acudieran al rescate de los rescatadores. Moviéndose de prisa, con protagonismo de novela, gritaban ordenes sin sentido y empujaban a quienes tuvieran enfrente. Viniendo en su dirección, uno le hizo a un lado, con una mano callosa que le aplastó el pecho. Tendieron al hombre en la arena, pidiendo inútilmente que la gente dejara espacio. Alguien solicitaba un doctor, y en eco repetían: doctor! doctor!. Otro decía que no hacía falta, que el tipo estaba muerto de ahogado. Una mujer sollozaba, sin soltar la bolsa con piña y jícama que comía desde antes del incidente. Los más solo miraban, unos por encima de otros. Al niño le repugnaba sentir la aglomeración de esos cuerpos casi encima del suyo. Quiso alejarse, pero el cerco era compacto y no lo habría conseguido si no fuese por la llegada de los marinos, que con eficacia antinatural se abrieron paso y formaron un circulo en el que nadie podía pasar, ni el médico, que tuvo que identificarse dos veces antes que el arma bajara del nivel de sus ojos y le hiciera una seña en dirección del difunto. El niño no había visto nunca un ahogado. Le impresionó el pelo echado sobre los ojos, en una especie de antifaz del descuido, y la espuma que brotaba de la boca entreabierta en un trazo desviado, como se abría la boca de la abuela cuando roncaba. El color cenizo de todo el cuerpo le dio una sensación de frio. Y entonces le tuvo lástima. Se alejó sin repeler las lágrimas, ya retenidas anteriormente, con el caracol pesándole en una mano y la  angustiosa indefensión de ese muerto, abandonado ahí, pesándole dentro. No sabía que una mujer con un niño en brazos, ignorándola aún, lamentaría para siempre esa tragedia y asociándole con ella, no le olvidaría jamás.
El niño pasó largo rato lanzando piedras al agua, las que se hundían de inmediato, inermes ante las olas. Se sentó después a contemplar su obsequio. Había lavado cuidadosamente al caracol, aliviado de no encontrar huésped alguno dentro del laberíntico aposento. El sol había cambiado de tono y hacía que se confundieran los rastros de color en la superficie, logrando que del blanco emanara un cierto resplandor rojizo. Al niño le gustaba su caracol. Recordando las antiguas consejas, se lo puso en la oreja, tratando de escuchar el mar, pero el mar lo tenía enfrente y no dejó que otra cosa apagara su voz. Intentó soplar por el ápice y llamar como había visto hacer a los que se disfrazaban de indios, pero el caracol no admitía aliento alguno. Quitándose la gorra, inútil ya a esa hora, se lo colocó de sombrero, comprobando que le quedaba perfecto. ¡Cuán grande era su caracol!. Echó a andar por el malecón, sonriente. Acostumbrado al anonimato, a la invisibilidad, se sorprendió de pronto siendo motivo de atención de la gente. Reparó en que seguía en traje de baño y sin ninguna otra prenda encima, excepto su caracol de sombrero. O su sombrero de caracol. Anticipó las burlas y las risas que efectivamente llegaron, pero fueron más las miradas de admiración e incluso de envidia, entre otros como él, que no tenían algo parecido. Se sintió diferente. La simpatía y curiosidad que percibió de reojo le ayudó a ignorar las pullas y los comentarios mordaces, y pronto sonrió abiertamente al reconocer que esa sensación de diferencia le calzaba tan bien como su caracol. Rió al escuchar el llanto de quienes pedían un sombrero igual. Pensó que tener un caracol era algo genial, pero pronto observó que la gente le miraba a él, y cuando se iniciaron los saludos y uno que otro aplauso, y por supuesto, las fotos, las personas se dirigían a él. Ahora contaba. Ahora la soledad era un recuerdo lejano. La incomodidad que le acompañaba siempre, y que no venía de la arena, ni del sol, ni la ropa o la gente, sino de él mismo, se desvaneció, dejándole andar con un paso tranquilo y seguro hasta los pies de un ángel de piedra que recordaba desde pequeño, y ahora parecía ser lo único adecuado para permanecer consigo aún entre tanta gente, respirando el aire marino, admirando el sol encendido, respondiendo a las sonrisas y a los guiños, sin temerle a la noche ni a lo desconocido,  paladeando el sabor de ser él mismo, el de siempre, pero distinto.
Ricardo A. Simental
Julio 2012

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