domingo, 22 de julio de 2012

La ecuación de Dios

Juan Palomera González, primo hermano de Julio el hermoso, dotado este último de una fealdad extrema y corazón de oro, se pitorreaba del profesor de matemáticas del 3er curso de secundaria, quien desde el fondo de sus lentes iconoclastas de ateo convencido, afirmaba que era posible probar la existencia de Dios matemáticamente, lo cual lo colocaría del lado del conocimiento puro que no de la religión ni la fe. No sabía cómo, reconocía sin ambages, pero sabía lo suficiente para predecir que alguien lo lograría. Eso era motivo de burla de Juan Palomera, alias el “biguanalachair” quien no soportaba la inteligencia en ninguna de sus formas y sólo aceptaba superior jerarquía de quien mejor se expresase en el espanglish horroroso que se practica entre ciertos quienes y algunos asegunes. El profesor nunca supo que en cierta página de Los mitos de Cthulhu, H.P. Lovecraft, entre el juego semántico y los sofismas sobre cierto misterio de umbrales y seres primigenios, lo había mencionado casi un siglo antes de que el profesor expresase su convencimiento de la naturaleza matemática de Dios. Se dice que Lovecraft, quien por supuesto nunca conoció al profesor, conocía por estudio a Pitágoras de Samos, interesado particularmente en el periodo esotérico de este último, abrevado por las fuentes fenicias de arcaico conocimiento y sus viajes a Babilonia y Egipto. De ahí que Howard Philip haya exhibido con tanta frecuencia al árabe loco, que en cierto sentido, era el precursor del profesor mencionado aunque desconocido totalmente por él. En un instante cualquiera, como ocurre con todos los principios, confirmando a Kurt Gödel y su teorema de la imcompletitud de que en cualquier sistema existe por lo menos una fórmula que aun siendo verdadera no podrá ser jamás demostrada, Julio el hermoso concibió la ecuación que probaba la existencia de Dios, en una imagen reveladora en la profundidad de su mente, sin saber cómo y sin intención, tal cual lo había predicho su profesor, (aunque quizá pensando que eso tardaría unos miles de años) pero no habiendo cursado sino una licenciatura en administración en una de las universidades sin registro formal del país, Julio desconocía el lenguaje matemático y los símbolos para expresar dicha ecuación. En su desesperación, intentó plasmar con dibujos la claridad preeminente de esa afirmación absoluta, pero lo que resultó pareció ser obsceno a todo aquel con quien trató de explicarse. Julio el hermoso fue tachado de ignorante, mentiroso, irreverente y comunista, sobre todo por Juan Palomera, quien nunca dejó de ser el biguanalachair y se la pasaba rompiendo cabezas como policía local. Agobiado y vilipendiado, a Julio sólo le quedó espacio para la soledad visitando a su antiguo maestro, quien tenía algunos años yaciendo bajo una losa que en el frente decía: “tuvo muchos alumnos y ninguno” lo que provocó que Julio el hermoso, quien había ya olvidado la sublime ecuación que probaba la existencia de Dios, se quedara pensando en el sentido de ese epitafio sin que pudiese dilucidarlo, no sabiendo que era resultado del fastidio de la mujer del maestro, a quien le pareció demasiado caro el cobro que hacía, y por cada letra, el lapidario.

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